sábado, 23 de abril de 2016

San Jordi, y San Fidel

Uniendo "El día del libro", y mi cumpleaños, os invito a tener todas mis novelas con esta estupenda oferta, SÁBADO Y DOMINGO, 23 y 24 de abril.

El Traidor, GRATIS

Rescate enBerlín 0,99€

Amor sobre dos ruedas

Alexis J. Regnat.





jueves, 24 de marzo de 2016

Rescate en Berlín, serie Amor y Guerra, 2 (Primer capítulo)




PRÓLOGO

     Primeros de 1943, su hermano Henry, su esposa Dafne, y sus mellizos, Cedric y Raymond, le arropaban. Había sudado sangre para tenerlos a salvo en Inglaterra, renunciado a su vida de constante riesgo y aventura por ellos, pero estaba más que satisfecho de su sacrificio. Pero el no poder volver más a primera línea entre el cuerpo de informadores del ejército, le abrió otra posibilidad francamente apetecible.
      Pasaba su tiempo a caballo de su motocicleta Matchless, entre el pequeño cuartel en las afueras donde instruía a una pequeña tropa de futuros «informadores» y las modernizaciones de lo que ya consideraba su hogar, un antiguo pabellón de caza en las tierras del cottage que él y su hermano poseían. No echó demasiado de menos la acción y la adrenalina hasta hoy. Fue una época relativamente feliz a pesar de que la guerra continuaba.
      Ahora Tony Daylight Strieber tenía el grado de capitán en la reserva y el cargo de instructor de los futuros agentes de espionaje del servicio Británico. Su trabajo le llenaba, los chicos que entrenaban a su lado y bajo su tutela le daban grandes satisfacciones. Encontraba verdaderos agentes entre los reclutas, los instruía, los pulía, hacía de ellos los mejores. Tanto varones como hembras. Una nueva remesa de mujeres aguerridas y dispuestas a todo entraban en esa época a formar parte de las filas de su ejército en la sombra. Quizás todo era entonces, por un corto período de tiempo, demasiado perfecto. Hasta que llegaron noticias de Jane.        
      Jane, su pequeña Jane, tan apasionada en el campo de batalla como en su cama. La mujer que le regaló menos de treinta noches de pasión, pero que necesitaría toda una vida para olvidar. La mujer que le prometió volver de su misión sana y salva. La mujer que... No era la primera vez que atrapaban a un informador, ni sería la última, y más o menos con las manos en la masa. Pagaban su «delito» con algún que otro golpe, una inyección de pentotal sódico o de cualquier mierda para sacarle lo que supiese, y un tiro en la nuca. Una ejecución rápida y contundente. Pero no,  con ella se «recrearon».       Y de una forma tan brutal, que, con solo imaginarlo  se ponía jodidamente enfermo. No quería volver a entrenar a una mujer para enviarla hacia aquello de nuevo. Mientras estuviese en su mano, no iba a permitir que tal acto de barbarie, ocurriese  otra vez. A ninguna de ellas. Por ello cuando llegaba la hora de seleccionar a las nuevas candidatas, era especialmente duro, las golpeaba sin piedad en la prueba física de lucha. Cuando oprimía hábilmente su tráquea hasta que estaban a punto de perder la consciencia, ellas normalmente recapacitaban. Las hembras tenían un sentido más profundo de la supervivencia. ¿Lo intuía?, no, lo sabía por experiencia. Cuando las tenía agotadas, las hacía formar cuan pelotón de soldados ante él. Echaba a los demás tipos fuera del gimnasio, y las miraba a los ojos, una a una. 
    —Señoras. ¿Saben realmente a lo que se enfrentan al ser escogidas para este «trabajo»? 
  Las dejaba reflexionar unos segundos a la vez que paseaba de una punta a otra de la fila. Sus penetrantes ojos azules, el ceño fruncido, manos a la espalda, rígido, marcial, implacable. Las obligaba a permanecer derechas, sin permitirles siquiera que asumieran posición de descanso. 
    —Cada una de ustedes estará sola. No deberán confiar ni en el compañero que se les asigne, ese hombre será un completo desconocido. Ni siquiera nosotros, desde aquí, podemos garantizarles que no se haya pasado al otro bando. Serán lanzadas a ciegas. Lo que aprendan, serán meras técnicas de supervivencia. Pero lo que hay ahí fuera, es la realidad.  Cada una será un soldado sin uniforme, y sin el apoyo de nadie, más que de sí mismas. Y tendrán que hacer «lo que sea» para conseguir vivir un día más. 
     Normalmente no pasaban de tres a seis chicas en cada «criba». Las había de cualquier clase o condición, lo mismo señoritas con ciertos estudios, a simples chicas de pueblo, curtidas por el sol y el trabajo al aire libre. 
      —Yo puedo enseñarles a pelear. En un «uno contra uno», quizás sobrevivan. O tengan la suerte de ser listas con un arma, y tener el valor suficiente de disparar primero, y preguntar después, porque tengan seguro que a su oponente le importará una mierda que sean ustedes mujeres. 
    Altas, pequeñitas, fuertes o delgadas. Las que llegaban allí no lo eran por su belleza física o complexión. Por esa nimiedades, ninguna de ellas era apartada de la prueba que él imponía a cualquier aspirante. 
     —Ahí fuera son un simple objetivo. En la mayoría de los casos, uno más que apetecible. Y no solo por la información que puedan o no llevar en esas «cabecitas», sino por su cuerpo. Y no vayan a creerse a salvo por ser o no hermosas, son hembras, su sexo será usado en su contra. Estamos en guerra, los hombres nos  convertimos en meros animales en circunstancias como esta, y ninguna de ustedes está a salvo de ser atrapada, vejada, violada y asesinada. 
     A lo mejor en este momento ya notaba el gesto de alguna de ellas de querer salir huyendo de su «charla». Y aún no había empezado a ser ni medianamente brutal. 
      —Muchas, antes de ustedes han sufrido esta suerte, cogidas, golpeadas sin piedad. Pero eso es lo de menos. Los hombres se vuelven peor que una jauría de perros salvajes ante una mujer sola y a su merced. ¿Qué creen que les pasará en ese caso? Les arrancarán la ropa, de cualquier clase de pudor, olvídense. Uno tras otro, empujando su polla entre sus piernas. Follándoselas. Por cualquiera de sus agujeros, una y otra vez, mientras son golpeadas. Estarán atadas, y si gritan incluso puede ser peor. No hay nada más excitante para un hombre, que someter a una hembra que se resiste. 
      Más de una, en ese instante, empezaba a demudar su color. Proseguía, caminando con porte militar ante ellas. De vez en cuando sorprendiendo a una, mirándola a apenas unos centímetros, directamente a sus ojos, invadiendo adrede su espacio personal. 
      —Si sobreviven a todo eso, incluso si son «clementes» y la abandonan sin darle  «el tiro de gracia» ¿qué les espera? ¿Podrán soportar el dolor de todo lo que le hayan hecho a su cuerpo? Las heridas físicas se curan, pero las psicológicas son otra cosa. 
      Se había vuelto un especialista en «hacer pausas dramáticas» más que nada para que pudiesen asimilar cada una de las palabras que casi escupía, gritando, modulando su voz para hacerlas sentir la fuerza de un hombre que realmente sabía lo que decía. 
       —E incluso pueden llevar entonces a un bastardo de esos cabrones en su barriga. ¿Qué harán? ¿Buscar un medicucho que las haga abortar? ¿Parirán a ese hijo de la desgracia? ¿Y después? ¿Cargarán con ese constante recordatorio de su violación? ¿O se desharán de él en cualquier orfanato? Muchas veces, cuando llegaba a esa parte de su discurso, muchas de ellas tenían la tez amarilla como si fuesen a vomitar hasta la bilis. Esas eran las primeras en no volver. Si alguna de ellas quedaba aún firme iba a por ellas, centraba sus fríos ojos en los de la chica, sin piedad. 
       —¿Piensa que puede sobrevivir a esto? ¿Sigo relatando todo lo que le  puede pasar? Quizás una violación en grupo pueda syperarla. Quizás hasta el quedarse preñada, o parir un hijo bastardo. Pero hablemos de su trabajo en sí. Aquí tienen que estar dispuestas a todo «por su patria». Si para conseguir su objetivo son ustedes mismas las que tienen que prostituirse, deberán hacerlo. ¿Serán capaces de follarse a un tipo que no conocen? ¿No sentirán el más mínimo escrúpulo en ello? ¿Sabrán fingir tan bien un orgasmo, y hacer feliz al cabrón, lo suficiente para tenerlo entretenido, quizás mientras su compañero de equipo, consigue el objetivo? E incluso puede que su supuesto apoyo las deje detrás. Primero está la información, después tu compañero. 
      La mayoría de ellas, si no todas, nunca se había planteado en realidad algo así. La mayoría tenía una versión romántica hollywoodense metida en la cabeza de lo que era ser «un informador». Seguía tirando, tensando más la cuerda. 
      —Si están aquí, es por eso, son meros objetos para conseguir información. Lo que tengan que hacer para ello, al gobierno les importa una mierda. Si sufren, les duele, les asquea, son violadas, o ejecutadas rápido o lentamente, después dará igual. Serán un número más, entre las miles de bajas. Nadie llevará flores a su tumba, puesto que ni siquiera, quizás, puedan recuperar lo que quede de ustedes.
      Esas palabras las hacía recapacitar a muchas, estas ni lo intentaban. Otras, las más osadas, con la experiencia cercana a la muerte que les hacía pasar minutos después, volviendo a hacer que luchasen contra él, y su rendición posterior, simplemente informaba a sus superiores, que no pasaban «la criba». Era un cabrón, lo admitía. Pero jamás permitiría que una alumna suya sufriera el mismo destino de  Jane. Lo único que consiguió después de un tiempo, cuando sus superiores observaron que  ninguna chica entraba a formar parte de sus clases, fue un expediente sancionador y que lo mandasen a su casa por una temporada, hasta que se le  «aclarasen las ideas».



CAPÍTULO 1

      Henry había llegado hasta el pabellón de caza con cada uno de sus hijos gemelos bien agarrados. Nada más bajar del auto, hicieron un vano intento de escaparse y meterse entre restos de escombros, arena, y todo lo que había repartido sobre el suelo para investigar. Sujetó bien de cada una de sus manos a los pequeños mientras extendía sus ojos por el conjunto. Admiró el trabajo hecho durante el último mes, sobre todo el de la última semana. Habían sido colocada toda la carpintería exterior. Las contraventanas pintadas de color verde oscuro, hacían excelente efecto sobre el ladrillo rojo visto. Su hermano había realizado un buen trabajo, dejando más o menos arreglada la antigua planta baja del viejo edificio, sustituida igualmente todas sus puertas y ventanas. La escalera exterior era igualmente de ladrillo, con baranda de hierro forjado. Ascendía hasta el primer piso, que sería el «hogar» de Anthony. 
      A pesar de su insistencia en que el cottage era lo suficientemente amplio para que él tuviese sus propias habitaciones e intimidad, se le había metido en la cabeza arreglar la antigua construcción que llevaba medio siglo sin utilizarse, y dentro de las tierras que lo circundaban y pertenecían. El añadirle un segundo piso, con escalera exterior fue una novedad y un acierto a la vista. La edificación no tomaba todo lo que era el techo del pabellón. Había sido cuidadosamente estudiado para, por ahora solo contener un apartamento, ampliable, si se requería, en el futuro. El resto del techo servía de terraza con unas vistas de la campiña que tenía enfrente y del bosque de su propiedad que lo cubría por detrás. Soltó a sus dos vástagos en la escalera. Sonrió de medio lado a la vez que les daba una cariñosa palmada en sus pequeñas espaldas. 
      —Subid y llamad al tío Tony. 
     Estos no se hicieron de rogar, aunque aún trabajosamente, pues eran pequeños, apenas cumplían los dos años y medio, ascendieron los escalones gritando el nombre de su tío a pleno pulmón. Este les abrió la puerta y ambos diablos se colaron como un huracán. Henry les siguió a buen ritmo escaleras arriba, para encontrarse a su hermano, acuclillado, que dividía su atención entre los abrazos de sus sobrinos y su presencia. 
      —¿Qué tal hermanito? 
      Miró alrededor, la habitación a la que se accedía directamente era cuadrada, con una gran ventana en el lateral izquierdo. Al derecho una puerta abierta que se veía que daba a la cocina ya amueblada. Justo casi enfrente de la entrada, un pasillo, que por los planos y lo visto hasta ahora daba a las habitaciones y al cuarto de baño. 
       —No ha quedado mal. 
     —Pasa, y cierra la puerta, echa un vistazo, está casi listo— hizo un gesto hacia sus sobrinos y Henry asintió. Sabía muy bien el afán aventurero de ambos, como para cometer el error de dejar la salida franca—. Mañana temprano vienen a retirar los escombros, y todo  estará casi en orden. 
      —Llevas durmiendo aquí desde hace una semana, así que al menos estará habitable. Dafne está preocupada por ti, por si no tienes suficientes comodidades. Le he prometido que te sermonearé, si veo que no te cuidas, como tu hermano mayor que soy. Tuvo que interrumpir su charla, sus hijos, que habían salido en estampida por el corredor tras dar una vuelta a la cocina, abrieron una puerta  y se escuchó sonidos estridentes y chirriantes, acompañados de risas infantiles. 
      —¿Qué demonios...? 
      Ambos hombres corrieron por el pasillo para descubrir  a los gemelos saltando sobre el somier de muelles de una pequeña cama. El colchón, estaba enrollado y atado con cuerdas de algodón a un lado. Los críos había aprovechado para usarlo como «cama elástica3». Henry tuvo que andarse rápido para que en uno de los saltos, que pretendió ser una voltereta, Cedric no se abriese la cabeza contra el suelo. Tony sujetó a Raymond que, queriendo imitar a su hermano, casi se fue contra la pared. 
       —Increíble— musitó Tony. Ambos críos, ajenos al peligro que su padre y tío habían conseguido evitar a tiempo, hablaban rápido sobre «si el circo», que «si ellos lo habían visto hacer allí», que «si querían que su padre le pusiese una igual en casa». 
     —A veces no sé si darles una azotaina o comérmelos a besos—, dijo Henry, negando con la cabeza. 
      —¿Complejo de «Saturno»? Tienes que tener más mano dura con estos dos, o se  subirán a tus barbas—. Tony se encogió de hombros aguantando la risa por la cara de mortificación de su hermano.       Tirando de ambos hacia afuera, convenciéndolos que no era una cama elástica, sino un somier nuevo que no estaba hecho para tales juegos, recorrieron el resto de la casa. Solo había dos dormitorios, el que acababan de dejar, no demasiado grande, pero luminoso, y el principal,  usado por Tony, este era el más amplio, y en el futuro previsto ampliar con su propio cuarto de baño. Ahora solo había uno, completamente nuevo y bastante moderno pero en el pasillo. 
        —Cuando lo vea Dafne, le va a encantar. Me veo haciendo reformas dentro de nada. 
        —Uf, pues... prepárate hacen accesorios sanitarios hasta en color rosa. 
     La mueca de Henry fue cómica. Tony se carcajeó en su cara mientras le daba una palmada en el hombro. 
     —Sí, yo tampoco me veo sentado en «un trono» rosa—. aseveró a su hermano con gesto  comprensivo. 
       Ambos se rieron, sin dejar de sujetar a los diablejos entre sus brazos. Pasaron por el dormitorio principal, toda la habitación hasta media altura, estaba forrada de madera color castaño. Una cómoda, un ropero, una cama grande. Era sobria, sencilla y funcional. Todavía no había nada colgado de las paredes. Un escritorio antiguo de caoba recuperado de los muebles que había anteriormente en los bajos del pabellón ante la ventana, con pequeña selección de libros y manuales. Del techo pendía  el cable con una sola bombilla, por lo visto aún no había instalado la lámpara. 
       —No está nada mal—. Henry paseaba su mirada por el sencillo lugar. 
     —Nunca he tenido, desde hace demasiado tiempo, algo que llamar mío. He dormido en todos sitios habidos y por haber, hasta en la intemperie. Pero ya, donde esté una cama conocida... 
      —Y yo creía que era el único que me estaba haciendo viejo—sonrió a su hermano—. He venido a por ti, Dafne quiere que hoy, ya que es domingo, comas con nosotros en casa. Llevas una semana que no apareces por allí y te echamos de menos. 
      —¿Domingo ya? Ni me había dado cuenta. 
    —Sí, y mi mujer no te perdonará si no vienes con nosotros—. Agarró al otro crío que tenía su hermano en sus brazos—. Venga Cedric, Ray, iremos bajando. Tony, nos vamos que se hace tarde para comer. 
      Les siguió hasta la salida, tomó sus llaves y su cazadora americana de cuero de búfalo, una de sus múltiples adquisiciones en tantos años de viajes por el mundo. Mientras se la ponía pensó que, a veces, echaba de menos esa especie de libertad que había disfrutado desde tan joven. Pero sin embargo otras, extendía su mirada alrededor, veía su nuevo hogar, y sentía el deseo de arraigo. 
     Con su motocicleta Matchless siguió unos metros el Rolls Phantom de Henry.  Este, tuvo que convencer a ambos niños que no podían ir en la moto de su tío hasta que fuesen mayores, y de uno en uno. Pronto Tony le adelantó antes de llegar a la primera curva, saludándoles con la mano. No estaba dispuesto a tragar el polvo y la gravilla desprendida por el auto por aquellos carriles sin asfaltar.               Viendo de refilón el perfil serio de su hermano, concentrado a la vez en conformar a sus críos y conducir con pericia el coche, se preguntó en que habría sido de su vida sin su intervención, tanto en lo malo como en lo bueno. Si no hubiese sido por Tony, a Dursnton no se le hubiera pasado por la cabeza enviar, al entonces capitán de academia, de veintiocho años Henry Daylight Strieber a Alemania como informador. Y encima, aquella misión resultó todo un fracaso.  Nunca se le debió de ocurrir, recordar al viejo general, que su hermano aún poseía la doble nacionalidad Británica y Alemana. Con solo haber mantenido la boca cerrada, Henry no hubiese sido enviado a Alemania antes de el conflicto, que todavía, al día de hoy estaba vigente, aunque, en sus últimos coletazos. Alemania de su primer asalto a media Europa y casi sometimiento u ocupación, tras la intervención de Soviéticos y Estados Unidos, haciendo frente común con muchos de los países conquistados, estaba siendo ahogada y casi vencida.
      Ellos, por suerte, habían escapado a las batallas. Henry fue acusado de traición a su patria tras escapar de Alemania tres años y medio antes, junto con su esposa y pisar de nuevo Inglaterra. Después del consejo de guerra al que fue sometido y dadas las pruebas a su favor encontradas por Tony, fue exculpado y  declarado  «inútil» para participar activamente en el conflicto.
      Su obligación durante el tiempo que permaneció en Alemania de luchar en contra de todas sus creencias, la posterior huida a la desesperada con su esposa Dafne, inglesa, atrapada por su trabajo en Berlín durante los primeros momentos del conflicto, le habían dejado «tocado» para incorporarse a su antiguo puesto del ejército británico. Al menos Bossfield, que actuó como juez en el Consejo de Guerra, tuvo el buen tino de declararle de esa manera. Aunque por ello, tenía a Tony, casi atado a un puesto de entrenador de futuros informadores, que, al final, había empezado a ser gratificante. Hasta que Jane...
      Llegó primero al cottage, miró hacia la carretera mientras dejaba su máquina debajo de la pérgola. La aseguró bien en su soporte, temiendo a sus pequeños sobrinos, que pudiesen tirársela encima. Quitándose los guantes, los sacudió contra su muslo mientras caminaba hasta la puerta de la casona, antes de introducirlos en un bolsillo de su cazadora. Esta se abría, iluminándose con la sonrisa de una dulce mujer, joven de cabello rizado y ojos grandes color miel.
       —¡Tony! —. Ella abrió los brazos, y él se sintió a gusto de entrar en ellos. Dafne era su única cuñada, y a veces se parecía más una madre o una hermana para él —. Demonio de hombre, estás tremendo, casi no puedo abrazarte.
     —Creo que me he pasado haciendo ejercicio para levantar mi casa.
   Sonrió a la joven devolviendo el abrazo, alzándola varios palmos del suelo, cogiéndola de la cintura. Ella rió, sujetándose como pudo. Quizás cuando la conoció en Berlín, tras resultar herido en una operación de rescate a aquel pedazo de cabrón de Cromwell, se había sentido momentáneamente atraído por su dulce presencia.
      Ella le curó, ocultándole en la casa donde trabajaba, y cuyos señores habían marchado antes que ella hacia Suiza. No tuvo más opción que dejar a Dafne atrás, ella tenía problemas burocráticos con su pasaporte por ser inglesa. Pero solo fue eso, su atracción por la joven, era la de cualquier soldado ante su guapa enfermera. Valiente, decidida, y escondida bajo un anodino disfraz de eficiente institutriz inglesa.
      Le costó dejarla en la capital cuando, gracias a Henry, pudo huir de Berlín. Pero las posteriores circunstancias hicieron que Dafne quedase bajo la protección del entonces joven coronel del ejército alemán Heinrich Strieber, el disfraz de su hermano infiltrado en Alemania. Ambos, Henry y Dafne, tras una forzosa convivencia, acabaron enamorándose perdidamente uno del otro. Se casaron en breve en el mismo Berlín, y en parte, gracias a él, consiguieron llegar, sanos y salvos hasta Inglaterra. Dafne atrapó su cara con las manos, en un gesto tan suyo y lo miró a los ojos haciéndole volver a la realidad cotidiana.
      —¿Cómo estás? ¿Comes bien? ¿Te sientes solo en el Pabellón? Sabes que tienes aquí tu casa.
      Él le sostuvo las manos con suavidad y besó ambos dorsos con ternura fraternal.
      —Sí, a la primera pregunta, sí, a la segunda. A la tercera no, y a la cuarta, ya lo sé.
     Ella sonrió de nuevo. Llevaba puesto unos pantalones de pana y un jersey amplio de cuello vuelto de color azul. Sus ojos color miel dorada brillaban igual que toda ella. Sus rizos estaban más cortos esta vez. Seguramente así serían más fáciles de manejar, teniendo que vigilar a esos dos críos constantemente no tendría demasiado tiempo ahora para su arreglo. Aunque tenía una cocinera y a veces una chica que les ayudaba en la limpieza de la gran casona antigua y a la vez remozada. Esos diablejos rubios haciendo todo el día de las suyas, agotarían al más paciente.
       Escuchó el ruido del motor del Phantom tras ellos. El coche aparcó justo al lado de la moto de Tony, bajo la protección de la enredadera que trepaba entretejida por sus columnas. Henry les echó una mirada ceñuda queriendo aparentar un enfado que no sentía.
     —Eh, tú, jovencito, búscate otra para besuquear, deja en paz a mi mujer.
    De inmediato se arrepintió de la broma. El semblante antes sereno y sonriente de su hermano, demudó rápido a taciturno. Los críos no tardaron en bajar del coche, peleando entre ellos, jugando, saltando,  y gritando que tenían hambre, su presencia aligeró el momentáneo tenso ambiente. Dafne se enganchó al brazo de su cuñado, para llevarle dentro de su hogar. Ella echó la vista hacia atrás, y una  mirada reprobatoria fue recibida por Henry por su falta de tacto. Este suspiró hondo, sí, había metido la pata, pero no fue su intención.
     —Venga, que parece que tienes que pedir permiso para entrar Tony. ¿No es esta tu casa también? Ambos niños les rebasaron camino al comedor, y Henry con gesto de «santo próximo a los altares» cerró la puerta del cottage, por si sus dos fierecillas decidían escaparse en busca de aventuras, en un descuido. Dejó la llave fuera del alcance de sus ojos y manitas, y les siguió por el pasillo. El almuerzo resultó delicioso, y bastante divertido, sobre todo, amenizado por el no parar de los dos niños.
     El semblante serio de Tony pronto varió en risa ante las trastadas de los gemelos. Dafne, al fin consiguió que se estuviesen quietos y llevárselos para lavarles los churretes que había dejado en sus caritas el postre con chocolate. Ambos hermanos se quedaron solos en el salón. La chimenea estaba encendida, el olor a leña del hogar era agradable, trayendo a su memoria los viejos tiempos.
      Durante la guerra que sacudió el mundo en su infancia, ambos habían residido allí, al cuidado de unos pocos sirvientes y su institutriz, rebautizada por ellos como «la sargento Finch», mientras su padre estaba casi en primera línea de lucha. Pero aún así, con recuerdos de una niñez bastante feliz entre esas paredes, prefería tener su propia guarida.
      —¿Estás a gusto en el pabellón?—Henry interrumpió sus pensamientos—. Si no, sabes que aquí está tu casa. No me gusta que estés solo todo el tiempo Tony. Sé que con los gemelos esto ha dejado de ser un remanso de paz, desde el primer día que aprendieron a andar—, sonrió a su hermano, y le puso una amplia y cálida mano sobre su hombro—, pero...
    —Lo necesito Henry. No es que me moleste el bullicio de la familia alrededor, y menos mis sobrinos. Sabes que me encanta jugar con ellos, y seguiré viniendo casi todos los días que pueda, a pasar un rato con vosotros. Pero quiero mi propio espacio, necesito pensar en mi vida y en mi futuro.       —Desde lo de tu alumna, no has vuelto a ser el mismo.
    Tony metió ambas manos en los bolsillos. Sí, ese era el quid de la cuestión, todo a raíz de lo ocurrido con Jane. Con la mirada baja, controlando sus emociones paseó un poco ante la chimenea, callado y con el semblante melancólico. Henry lo conocía bien, esa actitud sombría, distaba mucho de su habitual chispa.
     —Dafne tardará en venir de nuevo al menos media hora—, dijo cómplice su hermano—. Estará intentando que los niños duerman un poco la siesta. ¿Quieres...? Bueno, estaremos solos, te escucho si necesitas contar algo.
    Después de un corto silencio, la profunda voz de Anthony resonó casi por sorpresa. Henry no esperaba, quizás, que, justo en ese instante, los pensamientos y el corazón de su hermano menor, se abrieran de esa forma ante él.
     —Jane. Mi alumna se llamaba Jane—. Tony caminó hacia la ventana. Desde ella se veía el patio delantero, con rosales aun sin florecer—. Confieso que después de lo que le pasó, no he vuelto a ser el mismo.
    Henry permaneció callado, mientras se sentaba en uno de los sillones que flanqueaban la chimenea. Sabía que con su hermano era mejor eso, escucharle sin más. No necesitaba animarle a hablar, si él lo necesitaba, lo haría. Permaneció en silencio mientras le miraba. El chico hacía años que había dejado de ser un niño, pero para él siempre sería su hermano pequeño. Tony, poco después continuó hablando.
    —Un año casi sin ella. No, no debí aprobar su incorporación. ¡Pero maldita sea! estaba sobradamente preparada. Era con diferencia la mejor de la promoción, rápida, inteligente, tenaz. Lo que le faltaba de fuerza física lo suplía con agilidad. De esa clase fue la única que logró tumbarme.
      Abrió y cerró sus puños, era un tipo fuerte, con una buena cantidad de músculo conseguido en los últimos tiempos de entrenamiento con los cadetes. Hace unos años, cuando se volvieron a ver en Berlín después de seis años había estado más fibroso y delgado. Claro, aún no había llegado al punto álgido de su fuerza. Desde que había dejado de corretear por esos mundos, con su «juego de espías» había trabajado cada parte de su cuerpo. Y sí, admitió Henry, ahora su hermano menor, le podría vencer a él sin esfuerzo. Aunque, nunca lo diría en voz alta.
      Henry se había acomodado bastante últimamente, pero su complexión continuaba siendo fibrosa, y no tenía tendencia a coger peso. A pesar que correr detrás de los gemelos era un ejercicio constante, no proporcionaba esa cantidad de músculo que ostentaba ahora Anthony. Además, seis años mayor, la guerra, heridas de metralla en gran parte de su cuerpo, más las tensiones vividas durante años, le habían pasado alguna que otra factura.
     —Sería una chica magnífica. Creo que tú pesas bastante. Tony sonrió flexionando sus brazos, mirando sus bíceps a través de la camisa gris de franela. Estos a punto estuvieron de reventar la costura.
        —Creo que me he pasado haciendo pesas, pero necesitaba quemar energías.
       —¿No te bastaba con levantar ladrillos y vigas para la construcción de tu casa?
       —Aún así. Cuando los chicos se iban, me encerraba un rato en el bajo del pabellón. Me he hecho allí un pequeño gimnasio, en lo que fue la sala de reunión, quité las mesas, las amontoné en uno de los trasteros al lado de las cocinas. Todavía necesito remodelar bastante allí abajo. ¿Para qué quiero esas viejas cocinas? En fin, ya pensaré que hacer con eso más adelante. Suelo hacer pesas y pelearme un rato con el saco de boxeo que me trajeron de Londres hace un par de meses.
        Henry asintió. De nuevo su hermano volvió a mirar a través de la ventana al sol de la tarde, sus rasgos volvieron a ser amargos.
     — Sí, Jane era preciosa, tan especial para mí. No debió pasar, pero los últimos meses, nos sentimos atraídos el uno hacia el otro. Era mutuo. Yo era su profesor, su instructor, debí mantener las distancias.
     Henry continuó en silencio, dejando libertad a su hermano para reflexionar en su mente. Él asimilaba las palabras de Tony. Hasta día de hoy, solo era una sospecha, pero en este instante, su hermano le confirmaba que había algo más con esa chica, que la típica relación de alumno/profesor.          —Menos de treinta noches, hermano. Durante el último mes apenas vine, ¿recuerdas? Estaba con ella, dormía con ella, vivía con ella. Llegábamos separados al curso, y hacíamos lo propio al marcharnos, o esperábamos que todos se hubiesen largado para irnos juntos. Ella tenía un diminuto apartamento  no lejos del cuartel. Lo arrendó después de morir su marido, en los primeros meses de la guerra, en el frente, y quedarse sola y sin apenas medios. Había decidido emprender su particular batalla alistándose como informadora.
        De nuevo silencio. Recordaba muy bien, llamaba a las oficinas del cuartel si quería saber algo de Tony, y lo que conseguía eran bromas y evasivas, y el siempre «estoy bien hermanito, ya soy mayor».         —Viví con ella hasta que le asignaron la misión y dejó aquel cuchitril. Entonces me mudé de nuevo a nuestra antigua casa de Londres. Por un momento me planteé seguir pagando su alquiler por mi cuenta y mantenerlo hasta su vuelta. Pero ella no se merecía aquel sitio pequeño donde vivimos y nos amamos durante apenas un mes. Además, Jane apenas poseía su ropa. Hasta los recuerdos  dejó atrás antes de conocernos. Cuando regresara, pensaba pedirle que, bueno que arreglásemos nuestra situación. Pensé en una boda, en unos críos, en tener mi propia familia. Sí, con ella me veía capaz. Pasó el tiempo, apenas dos meses de su incorporación al puesto, y cuando Bossfield me llamó aquella mañana al despacho sin ninguna razón aparente...
        Su voz se estaba quebrando.
      —No tienes que explicarme nada más, lo entiendo—, aseveró Henry con tono comprensivo. Intuía lo que había pasado. No quería que, contándoselo, volviese a repetir el dolor de la pérdida.
         —No, necesito decírselo a alguien, joder, ha pasado casi un año. Delante de Bossfield conseguí mantener el tipo. Durante la clase lo pagué con todos los chicos, les di una paliza a cada uno de ellos, que creo que todavía se acuerdan. Les grité que se endurecieran, incluso me pasé de rosca con una chica, la única de la promoción, la hice besar la lona cien veces y cada vez que la tenía a mi merced, me encargaba de contarle al oído lo que le podía pasar por ser mujer en este mundo de hombres, rudo, obsceno, cruel... Esa joven no volvió, al día siguiente presentó su renuncia irrevocable. »Al principio nadie vio eso extraño. Hay alumnos que se marchan, lo piensan mejor, no se sienten aptos, mil cosas. En la tanda de cadetes que vinieron después, me encargué  sin piedad alguna de eliminarlas a todas. Me prometí no pasar de nuevo por ello. »Aunque no tuviese nada contra las chicas, todas me recordaban a Jane. No quiero que una mujer tenga que pasar lo que sufrió. Cuando días después recibí el informe dado por nuestro hombre de apoyo en Berlín, Lambrecht, de como había sido encontrada, vomité hasta casi quedarme exhausto. Durante días di excusa que estaba enfermo, y no pude acudir a las clases. Luego tomé la decisión que ni una de ellas pasaría lo mismo que mi pequeña Jane.
     El silencio se instaló entre ellos dos. Dafne, callada y discreta, apareció en la puerta, contemplando a ambos. Tony inclinado, con las manos apoyadas en el alféizar de la ventana, taciturno, mirando hacia fuera, y su marido sentado en uno de los sillones. Henry la miró y silencioso, le hizo un gesto de que necesitaban estar a solas. Ella asintió y cerró con suavidad la puerta que estaba entreabierta. Sus pasos, alejándose, sigilosos, apenas se escucharon para Henry, que dejaba caer su  mentón sobre su mano izquierda, esperando a que Tony continuara, o cambiase de tema.
     —Por eso me abrieron un expediente sancionador. Me recordaron que las mujeres habían demostrado ser muy válidas para el trabajo, que la pérdida de una sola de ellas era muy poco para no seguir con el plan, que era solo un número más en una estadística. Mi Jane, «mi pequeña fiera», una simple cifra en un informe, que se perderá entre millones.
         Suspiró fuerte y hondo, necesitaba aire fresco. Miraba a través de la ventana, apoyado en ella. Sus manos se cerraron en puños sobre el alféizar, estaba en verdad crispado, su rostro tenso, sus ojos cerrados con fuerza.
         —Tuvieron que sujetarme entre cuatro soldados. No estaba Bossfield, algún problema tenía que no había aparecido por el cuartel en varios días. Su segundo, el coronel Steel—. Rió, pero con carcajadas amargas—. ¡Si le hubieses visto la cara aterrorizada! Joder mido medio metro más que él, y cuando me vio levantarme e ir hacia su atildada persona como una locomotora... Le faltó poco para amenazarme con su arma. La sacó y me apuntó en pleno pecho.
       Tony sonreía con pesadumbre y miraba el techo acariciándose justo donde le habían apuntado con la pistola, se sentó sobre el alféizar, contemplando sus botas con puntas de acero.
     —Al escuchar alboroto entró un secretario del que no recuerdo ni su cara, este tuvo que pedir ayuda a tres tipos más para sacarme de allí. Aunque en ese instante no me hubiese importado que aquel cabrón me disparase. Dos días después llegó Bossfield, y habló conmigo. La primera vez que vi en ese hombre un gesto de comprensión, joder, se levantó de su sillón y me puso hasta una mano en el hombro, diciéndome que no tenía más remedio que abrirme un expediente disciplinario, por atacar a un superior, pero con las circunstancias atenuantes... Me retiraría del servicio unos meses, para tranquilizarme. Y la verdad lo agradezco, he podido terminar mi hogar, y... Se levantó y sacudió sus manos húmedas de sudor, sobre la tela de su pantalón oscuro. —...eso es casi todo hermano.
      Henry asintió y se alzó también, fue hacia él y puso ambas manos sobre los hombros anchos de Anthony, le miró a los ojos,  estaban extrañamente brillantes. Su hermano, el «espía», el «informador aguerrido», el que había puesto en juego su vida desde apenas los dieciocho años, estaba a punto de derramar lágrimas por aquella pobre chica.
        —La amabas mucho.
       Tony asintió y luego negó con la cabeza bajando la vista al suelo.
      —No lo sé, solo que sentía algo especial por ella, y su pérdida me trastornó hasta el infinito. Tenía planes para cuando volviera a Bretaña, pero en mi mente. Y nunca, en realidad, le planteé nada serio, ni un maldito «te quiero». Pero todo se truncó. No sé si hubiese funcionado o no, maldita sea, durante treinta días solo pasábamos las noches juntos, hablábamos poco, empleábamos en tiempo más en la cama que...
        Henry sonrió con cierta tristeza en sus ojos grises.
      —No hace falta más explicaciones, pero debías haber confiado en mí. Sabes que no soy del tipo de juzgar a nadie.  Conozco como eres, que hubieses sido un estupendo esposo para con ella, o para cualquier mujer que esté a tu lado. Eres un buen hombre Tony, llorar se puede, por muy «macho» que seas. ¿Piensas que yo no lloré por Dafne?  Tragándome las lágrimas como tú, estaba solo, en Berlín y ella tenía que estar a salvo. Hice de tripas corazón cuando la envié hacia fuera con ese buenazo de Geüser, sabiendo que aunque la pusiese en peligro, era la única manera de que...
     —¡Pero no tardaste en seguirla! Si mi trabajo hubiese sido el que tenía antes, la hubiese solicitado como compañera. Tendría que haberla cubierto y protegido, igual  que hiciste con Dafne.
     —Tu obligación y tu deber estaban aquí con tus alumnos. El mío no estaba en Alemania. Y  Jane, sabía a lo que se arriesgaba, ¿no?
      —Sí, en clase hablábamos del asunto. De todos y cada uno de las contingencias y problemas que podrían encontrarse. Pero...
     —Ella firmó para hacer ese trabajo, seguro que un gran montón de folios que tuvo que leer. Lo usual es que en ellos se detallan los riesgos que eventual o con seguridad pueden llegar a correr. Después de la metedura de pata con mi fallida misión, sin lugar a dudas Bossfield habrá sido un condenado puntilloso con eso.
     —Firmó todos y cada uno de esos malditos documentos. Tras quedarse sola en el mundo, sin hijos, con su marido muerto en batalla, sin trabajo. Era la única vía de escape que encontró, unirse a los informadores. Tuvo demasiada mala suerte en su vida, si yo hubiese estado allí, ese día, con ella...      —En ese caso puede ser que fuésemos mi mujer y yo, los que estuviésemos lamentando tu pérdida, hermano. Las cosas, todas, tienen un porqué en suceder.
     —Bien, bien. Lo sé.
    —Si quieres quedarte el resto del día... y la noche, tu dormitorio sigue arriba, intacto. Somos tu familia, apóyate en nosotros, lo necesitas.
    —No, hoy no. ¿Me despides de Dafne, por favor? Seguro que anda todavía con los críos—. Se estaba ahogando, no quería sentir los comprensivos ojos de Henry. Bastante había pasado su hermano mayor, para encima tener que cargar con los problemas suyos. Con ser escuchado, había tenido más que suficiente.
     —Seguramente—. convino Henry, el joven ni se había dado cuenta de que ella había estado en la puerta del salón minutos antes. Tony salió de la habitación, en silencio y sin un adiós. Tomó su cazadora y se la puso camino a recoger su moto, cerrando la puerta del cottage tras de sí. Sacó los guantes del bolsillo y se los embutió. Tiró de su moto hasta sacarla de debajo de la pérgola y la arrancó en dos patadas, alejándose hacia su casa. La tarde era breve en invierno, estaría en el Pabellón  en unos minutos y echaría leña al fuego de la estufa, para calentar su hogar por la noche.
   —Es lo que imaginábamos Dafne—. Henry observó a través de la ventana, la marcha de su hermano, a caballo de su motocicleta Matchless. Ella había llegado al salón tras escuchar cerrarse de golpe la puerta de entrada. Simplemente asintió y se abrazó a la cintura de su marido, Henry besó sus rizos perfumados. —Si yo estuviese en su lugar, si te hubiese perdido de alguna manera...— por un momento el «gran hombre» pareció frágil y perdido.
    Ella puso su dedo índice sobre los labios duros y cincelados de su marido. Alzó la cabeza para darle un beso tierno en ellos. Henry pronto se hizo el dueño de su boca, atrayendo en su contra el cálido cuerpo de su esposa. Ella era toda su vida, los hijos crecerían, volarían del nido, pero Dafne estaría allí. Rogaba por cerrar él antes los ojos a este mundo, que quedarse sin su mujer. Como siempre, la respuesta femenina fue dejarse llevar dulcemente a sus demandas. Apenas se separó una pulgada, de esa boquita pequeña y deliciosa para preguntar:
     —¿Los niños?
     —Dormidos.
    —Necesito tenerte. Ahora.
    Su voz, su gesto, su mirada, todo en el hombre, denotaba pasión y urgencia. Rememorar el pasado siempre le traía el anhelo de afianzarse en el mundo, de unirse a ella en cuerpo y alma.
     —Me tienes, ahora, siempre— le sonrió.
    Él no pudo esperar más, la alzó entre sus brazos, y en silencio reverente atravesó la puerta del salón, mientras ella se asía a su cuello dejando caer la cabeza contra su hombro. Subió casi de dos en dos los escalones hasta el piso superior,  seguía en forma. Al llegar a su dormitorio, la dejó con cuidado sobre la cama y corrió a cerrar el pestillo.
   —Por si se despiertan—. Sonrió malévolo, de medio lado. Ese era gesto que tanto conocía Dafne, sus ojos tan grises, oscurecidos de pasión, como nube de tormenta recorrieron su cuerpo con hambre y anhelo. Solo asintió y abrió sus brazos para recibirle. Henry no tardó en deshacerse  de la mayoría de sus ropas camino a la cama, y en ayudarle a ella a hacer lo mismo, tirando de sus pantalones azules de suave pana hacia abajo, descubriendo su ropa interior igualmente color azulado, besando sus rodillas y sus pequeños pies. —Me pone a cien verte todo el día con ese precioso trasero y esas piernas ajustadas bajo los pantalones.
     —Y a mí, seguir poniéndote así de duro, después de todo este tiempo—. Miró con descaro hacia el poderoso bulto que se alzaba bajo la ropa interior de su marido y lo acarició con experta sabiduría.          Esta última prenda acabó rápidamente en el suelo. Subió a la cama lentamente, acariciando tanto con sus ojos, como con sus labios y manos el cuerpo delicioso de su mujer, ella correspondía emitiendo suaves gemidos de placer, dulces, cálidos como ella. Su piel se calentaba bajo sus dedos, su centro se humedecía como respuesta a sus desvelos. Ella se daba siempre con la misma ternura y correspondía a sus urgencias con una entrega sin concesiones. Desde su boca, como un rojizo corazón casi perfecto, bajaba dejando una estela de besos pequeños por su mentón. Su garganta y el hueco de su hombro merecieron igual atención, arrancando otra serie de hondos gemidos mientras sus manos grandes acunaron los senos plenos y redondos, acariciando con los pulgares sus coronas sonrosadas y apretadas. 
      Las manos de Dafne no estaban quietas. Sus dedos se hundían en el corto y dorado cabello del hombre, urgiendo, e invitando a seguir o a parar en determinado punto que le causaba verdadero deleite. Cuando la boca de su marido empezó a rendir pleno homenaje con besos, ligeras lamidas y directamente sorbiendo uno de sus pezones y luego el otro con igual fruición, echó la cabeza hacia atrás, emitiendo cortos gemidos de placer. Con sus uñas, suave recorrió la ancha y fuerte espalda del hombre. Él también se estremeció y de sus labios salió un ronco sonido de satisfacción. Los ojos de ambos se cerraban y se buscaban a ratos. Se comprendían o sorprendían a partes iguales.
      —Du Riechst So Gut... «Hueles tan bien...» La mente de Henry sumergido en la pasión en ocasiones hacía que sus labios y su garganta hablasen palabras en alemán, como la primera vez que le hizo el amor allí en la lejana Berlín hacía más de tres años. El sonido más gutural y rasgado enloquecía a Dafne. «So gut», repitió de nuevo el hombre mientras aspiraba de nuevo entre los senos de su mujer.
      Ella como respuesta arqueó su espalda sintiendo un escalofrío de dulce placer. Empezó a posicionarse entre sus muslos, tomándola bajo las rodillas para hacerse hueco, sin dejar de prestar atención de nuevo a su boca. Una vez sobre ella, las  manos del hombre le tomaron el rostro, parando unos segundos para que ella le mirase directamente, con esos ojos grandes y casi almendrados, contra los suyos frío color acero, que a la vez la miraba tan ardiente que parecía derretirse. Susurró ronco:              —Ich liebe dich, Gazelle Augen. «Te amo, Ojos de Gacela», desde que la vio por primera vez, su mente la llamó así, en sus momento de pasión era su dulce apodo.
         Ella sonrió y él dejó caer suavemente el peso de su cuerpo, dirigiendo su ávido miembro dentro de la suavidad húmeda y necesitada de la vagina de su mujer. Se deslizó tierno y duro a la vez, con una mezcla de anhelo y ansiedad difíciles de catalogar para su mente, solo susurraba para él, sin saber si ciertamente su boca emitía algún sonido salvo algún áspero gemido. «Ich bin zu Hause» Estaba dentro de ella, bien enfundado en su conocido calor, y sí, se sintió por fin en casa.
       —Todavía recuerdo nuestra primera vez—, dijo mientras apenas salía unos centímetros del interior de su mujer
       —Yo prefiero no hacerlo—. Ella hizo con su cara una graciosa mueca, que se transformó en éxtasis, tras una nueva embestida de Henry deliberadamente lenta.
      —¿Por qué? Fui cuidadoso con tu cuerpo.
     —Lo que me dolió, ¿sabes? es que a la mañana siguiente te marchases de aquel modo—. Imitó soberanamente bien la voz de Henry, pronunciando en alemán—, Ich bedauere, was passiert ist Dafne.
     Él sonrió, en verdad, cuando vio a  joven despertar, desnuda, envuelta en una nívea sábana, la mañana después de derramar dentro de ella toda su pasión, era lo único que supo articular, «Siento lo ocurrido Dafne». Llevaba un par de horas  despierto, tomando decisiones, preparándose a la vez para un día de trabajo en aquella oficina de pasaportes y visados a la que estaba provisionalmente destinado. En realidad no se arrepentía de hacerle el amor, sino de haber sido tan impulsivo, sin darle otra opción a rendirse a sus demandas, sin apenas darle tiempo a su mujer a pensar las verdaderas consecuencias. Él estaba decidido a todo, pero no sabía lo que ella había sentido o  pensado de su «casi asalto». Sus labios duros seguían elevándose en una media sonrisa sabia, volvía a concentrarse en entrar y salir de ella. Tortuosamente despacio, lo que arrancó un gemido de placer en ambos.
     —Aún no me lo has perdonado—. Empujó de nuevo, con más fuerza, dentro de su honda calidez. Redoblando su ímpetu, ella se arqueó bajo su peso.
    —Los hombres, no sabéis, utilizar, las palabras...— consiguió decir entre varias respiraciones agitadas y algún que otro nuevo gemido placentero.
     —Pero sí la boca—, dijo Henry antes de atrapar un pezón sonrosado y hermoso, que estaba tan erecto que parecía dolorido. Ella volvió a gemir, de nuevo y poco después se dejaron llevar juntos. Los recuerdos de su primera noche de pasión aceleraron el clímax para ambos. Tan fuerte, tan intenso, y placentero como la primera vez, pero sin las dudas, los miedos y la incertidumbre de aquella mañana dentro de esa nación en guerra.
      Tiempo después, saciados y satisfechos, entibiados bajo las mantas, se escuchó el correteo de unos pequeños piececitos, y el intentar abrir la manija de la puerta. Gracias al pestillo, esta aguantó.         —Mamáaaaaa, papáaaaaa, Cedric y yo tenemos hambreeeeee. ¿Qué «tais» haciendo?— Raymond aún tenía problemas con la sintaxis de algunas palabras.
     —¡Cielos!— ella saltó de la cama, corrió a ponerse el jersey sin nada debajo con las prisas. Se metió los pantalones de igual forma. Su marido estaba medio dormido.
     —¿Qué pasa?
    —Los niños ya se han despertado. ¡Voy cariño, estábamos... durmiendo la siesta!
   —Sí, mmm—, dijo él alcanzando con un cachete el trasero de su esposa, antes de que lo tapase definitivamente el pantalón de pana azul marino—, ahora a «esto», de aquí en adelante, le vamos a llamar «dormir la siesta». Ella se volvió ya casi vestida, y le sacó la lengua. Henry seguía destapado, tras saltar ella como un resorte de la cama.
     —Cúbrete hombre, y cuando me los lleve abajo, te vistes.
     —¡Sí, mi sargento!— Desde su posición acostado y desnudo, se cuadró con gesto marcial ante su mujercita.
    —Mamáaaaaa—, se escuchó a través de la puerta dos impacientes voces infantiles a coro y el golpeteó continuado de sus puñitos en la madera.
      —Ya voy, ángeles míos, mami se está vistiendooo...— canturreó mientras se volvía para sonreír a su esposo. Este ya se encontraba tapado bajo las mantas hasta la cabeza—. No te escondas cobarde— le siseó.
      Henry reía bajo la colcha, bien atrincherado, por el momento. Una vez vestida casi con decencia, aunque algo despeinada consiguió abrir la puerta. Salió escaleras abajo con ambas fierecillas de la mano preguntándoles que querían de merienda. Henry aún remoloneó un rato, relajado y a gusto, hasta que escuchó la voz de Dafne llamarle desde abajo con insistencia.
      —¡Ya voy, mi sargento!— dijo divertido.
      —¡Teléfono, Henry, es para tu hermano! El general Bossfield, dice que quiere hablar contigo si él no está.
     Esta ocasión fue Henry quien se tuvo que dar prisa y salir a medio vestir, abotonándose la camisa bajando los escalones. Su esposa sostenía con aire preocupado el auricular, antes de pasárselo. Con el ceño fruncido de preocupación lo tomó y se lo llevó al oído.
    —Mi general, Henry Daylight al aparato. Con semblante concentrado, Henry escuchaba. Dafne repartía su atención entre el despacho y la cocina, no quitaba ojo de sus gemelos, pero con el oído atento. Era una curiosa, lo admitía. Pero ese general, le ponía los pelos de punta y no sabía por qué. Su marido asentía, miraba al infinito, y apenas pronunciaba palabra. —Sí mi general, mañana mismo estará en su despacho, yo me encargo. Buenas tardes.
      Dafne observó que durante toda la conversación, más bien unilateral por parte del general,  la postura erguida de su marido, como si estuviese pasando revista. Llevaba el ejército en la médula de los huesos, eso no lo podía negar, todavía lo recordaba vestido con el imponente uniforme de gala alemán, lo que arrancó un suspiro de notoria nostalgia. Cielos, estaba tan impresionante y varonil vestido de coronel. Escuchó el clic del teléfono al colgar, ella disimuló en la puerta de la cocina como pudo, enjugándose las manos limpias en un delantal.
      —He de acercarme a ver a Tony, tiene orden de presentarse mañana en Londres ante  Bossfield sin falta, antes de mediodía.
       —Pero, ¿no estaba de excedencia?
     —Puede que le necesiten y se haya terminado. No lo sé, solo me ha instruido de que debe por todos los medios no faltar a la cita mañana.
       Tomó el pesado chaquetón que usaba de la percha del recibidor y buscó las llaves que solía dejar sobre un mueble alto de la entrada para que los gemelos no llegasen. Ya lo hicieron una vez e intentaron arrancar el coche ellos por su cuenta. Menos mal que no llegaron a poder quitar el freno de mano, no tenían suficiente fuerza o destreza aún. Dafne lo contempló salir de casa. Preocupada por su cuñado, siguió tomando un té junto a los niños. Estos, pronto estuvieron en disposición de seguir disfrutando de la tarde ante la amplia chimenea con sus juguetes.
      Ella les acompañó hasta allí, tomando un libro de la biblioteca, pero sin leer en realidad,  esperando la vuelta de su marido y el transcurrir del tiempo hasta la hora de la cena. La radio sonaba con música ligera y, de vez en cuando, algunas noticias locales, mezcladas con los partes sobre el frente. Las batallas parecían tan lejanas en un sitio como aquel. Gracias al huerto y a la vida campestre no les había faltado ni siquiera alimento básico, como sabía que ocurría en las zonas urbanas, donde había racionamiento. El café no llegaba, el té a veces, y el azúcar que usaban era de caña, pero tenían carne y huevos frescos con el gallinero y las granjas cercanas que criaban corderos y terneros. Tampoco les afectaban los bombardeos, aunque de eso hacía ya un tiempo que no sucedían, Alemania se estaba replegando y en poco tiempo se iban cambiando las tornas en el mapa de la guerra.
     Suspiró, acordándose de los que dejó atrás. La familia Colber, con la que trabajaba, antes de conocer a los hermanos Daylight, según su última carta estaban a salvo en zona aliada. Ninette y Hans, sus antiguos pupilos, ya contaban con entre seis y diez años También recibieron unas pocas noticias de su amigo Kurt desde Alemania, no muy halagüeñas. El coronel Dietrich seguía vivo, pero degradado a capitán, por sospechoso de  haberles puesto sobre aviso. Y fuera de las  Warffen SS, en el ejército regular de Berlín.  Los tíos de Henry, bueno el tío Rudolf, había sido conminado a retirarse ya de su puesto. La tía Gertrud, pobrecita, no había sobrevivido a unas fiebres el año pasado. Eso le dolió mucho, la mujer había sido tan cariñosa con ella. De las dos hijas de estos solo sabían que estaban en algún lugar cerca de Colonia, juntas. Sus maridos eran oficiales alemanes, y por lo que sabían, uno de ellos no había sobrevivido al desembarco de Normandía.
     Henry sintió hondo pesar el fallecimiento de Gertrud. No poder estar al lado del buen hombre, aparte de sus diferentes ideologías o países, no dejaba de ser su tío. A su llegada hacía casi diez años a Berlín, lo había arropado y apoyado en todo. Aún tenía el cargo de conciencia por haberle mentido todo ese tiempo. Poco después escuchó llegar el coche. Henry, por fin, estaba de nuevo en casa. Suspiró y se arrellanó en el sillón junto a los niños. Pronto sería la hora de la cena en su pequeño rincón casi paradisiaco.

Sigue las aventuras de Tony Daylight en Rescate en Berlín, serie Amor y Guerra,2
A la venta en amazon kindle y papel.
Alexis J. Regnat


lunes, 15 de febrero de 2016

Agradecimiento.

FINALIZADA PROMOCIÓN GRATUITA DE mi novela Amor sobre dos ruedas.
Muchas gracias a todas las personas que han descargado mi trabajo, espero vuestras opiniones en amazon.
Durante este tiempo #AmorSobreDosRuedas ha sido nº.2 en romántica.
En España: 266
América;       70
Japón:            1
Canadá          1
Brasil              1
México          11
TOTAL----- -350 descargas.
Reitero las gracias y os deseo feliz semana.
myBook.to/amorsobredosruedas

domingo, 14 de febrero de 2016

miércoles, 3 de febrero de 2016

Regalazo para San Valentín. ¡ANOTA EN TU AGENDA!

     #AmorSobreDosRuedas


       ¡Anota en tu agenda! Si aún no la has leído, esta es tu oportunidad.

Regalazo de San Valentín, el 14 de febrero, 24 horas de descarga gratis ebook amazón.

Cinco historias de amor, en el marco del sur de España. Todas alrededor de un taller Harley, desde el primer amor, hasta el maduro. Cinco tramas entrelazadas, llenas de romance, humor, y por supuesto Harleys.


Alexis J. Regnat


viernes, 29 de enero de 2016

Una dama entre ruinas, Serie Amor y Guerra,3. FRAGMENTO.

Fragmento de mi siguiente novela, Una dama entre ruinas, Serie Amor y Guerra, 3 (en preparación). Romance y aventuras en el marco de la 2ªGM

    Ajmátova sacudió el polvo de las solapas de la guerrera descendiendo de su jeep. Extendió la vista en derredor, sonrió. Estaba en Berlín. No en su ciudadela-aún-pero sí uno de los barrios cercanos.          Amanecía sobre sus calles, alguna vez fueron magníficas, hoy llenas de cascotes, socavones y barricadas montadas con restos casi irreconocibles por sus mismos ciudadanos en un intento vano de detener su avance.
    Algunos de ellos se habían atrincherado durante los últimos cuatro días en edificios y sótanos. Integrados o no en los restos del ejército alemán, manejando con mejor o peor pericia multitud de armamento, a veces con contadas municiones, se aprestaban a morir luchando. No esperaba menos.        Defendiendo en ocasiones pequeños reductos habitados con mujeres y críos. Estas también luchaban, a veces preferían morir a entregarse. Y las que se dejaban atrapar, prefirieron estar muertas. Los soldados de avanzadilla eran la morralla del ejército. La carne de cañón, sacada de cárceles por crímenes de lo más variopinto.
    No eran demasiado amables con la población, ni siquiera con la mujeres.
    Ajmátova optaba por mirar hacia otro lado. La gran madre Rusia también había padecido a manos de los alemanes. Aldeas enteras arrasadas, si hacer distinción de edad, o sexo. Las soviéticas sufrieron a sus manos toda clase de vejaciones, pero la mayoría prefería morir a entregarse.
Ahora era el turno de esas cerdas. Shto paséesh, to i pazhnésh.1
    —¡Capitán Ajmatova!
    Apenas dedicó una mirada al teniente de aquel grupo de soldados. Lo conocía de vista, pertenecía a una división distinta. El robusto joven se cuadró a su izquierda, sin impedirle que continuase observando con una sonrisa las columnas de humo y polvo en suspensión por todo el cielo de la capital germana.
     —Diga, teniente Sesenko. ¿Qué dice que han encontrado para mí?
    —Capitán, un hombre, un tal Germaik. Lo detuvimos hace unas horas. Tras reducir la resistencia de la zona, tendía una bandera blanca y gritaba su nombre, capitán. Habla en nuestro idioma, y dice que ha estado en ocasiones a su servicio.
Ajmátova, negó con la cabeza. ¿Ese zorro de Germaik entre las ruinas de la capital? Eso era digno de verse. Miró al teniente, con gesto cansino se cruzó de brazos.
    —Tráigalo a mi presencia.
    A su señal Sesenko se alejó apenas para dar las órdenes. Tras uno de los camiones arrastraron a un tipo demasiado bien vestido para ese lugar y condiciones. Un individuo de estatura media, cabello oscuro, entrecano, barba recortada. Los rasgos del tipo fueron reconocibles a la perfección por Ajmátova. No había duda, era Germaik en persona.
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1- Refrán ruso. Recoges lo que siembras.